martes, 20 de mayo de 2008

¿Puede el modelo social europeo adaptarse a la globalización?

Para cerrar el ciclo de conferencias sobre “Cómo nos afecta la globalización de la economía”, Caixa-Forum en Madrid presentó a Carlos Solchaga, actual socio-director de una consultora y ministro de Economía en el siglo pasado, que demostró que la inteligencia no garantiza la plena percepción de la mutación de los tiempos.

La globalización de la economía– decía el díptico bajo el título indicado - ha planteado dudas acerca de la sostenibilidad del modelo social europeo, especialmente ante la irrupción en los mercados mundiales de países con salarios relativamente bajos y el proceso de deslocalización de la actividad manufacturera hacia esos países. ¿Está justificado este temor? ¿Qué cambios son necesarios para adaptar nuestro modelo social al proceso de globalización?”

Pero a esa breve presentación habría que adjuntarle otros interrogantes: ¿Por qué se empeñan en ignorar que el modelo social europeo fue resultado de la voluntad política de los pueblos que controlaban sus economías? ¿Por qué el proceso de globalización económica se nos presenta siempre como algo tan inevitable como un terremoto perenne?

Como en el túnel del tiempo, cuando los Estados controlaban su moneda y los tipos de interés y tenían fronteras económicas, en su brillante exposición Carlos Solchaga presentó todo un programa socialdemócrata como el mismo lo calificó, con una defensa seria de los cuatro pilares del estado de bienestar (seguros sociales, educación, salud y dependencia) aunque aceptando la privatización de la gestión con la ingenuidad de otros tiempos e ignorando la actual experiencia de la CAM que socava las bases del sistema público; y tan errado en lo laboral como en su época de ministro. Pero hay que resaltar que reconociera como los dos grandes cambios de los años noventa, la caída del muro de Berlín y la introducción de la libertad de movimientos internacionales capitales, aunque ignorara este dato en todo su planteamiento.

Este último punto permitió a quien esto escribe plantearle en el coloquio tres cuestiones decisivas:

1ª Al no haber mencionado el papel de la Unión Europea con relación al mantenimiento del estado de bienestar, ¿el conferenciante pensaba que la UE lo favorecía o que lo perjudicaba?
2ª Habiendo defendido los impuestos progresivos, ¿tenía en cuenta que los gobiernos europeos plantean continuamente rebajas fiscales argumentando en su apoyo las rebajas de los otros gobiernos? Y que, por tanto, existe una fuerte competencia fiscal entre los socios europeos que reduce la tributación del capital e incrementa los impuestos sobre el consumo y las nóminas.
3ª Y que el reciente escándalo de Liechtenstein revela que las fortunas huyen legalmente y se esconden en los paraísos fiscales; y que cada vez más gente es consciente de que estos centros offshore representan un peligro para el mantenimiento del estado de bienestar en Europa.
La sutileza en las respuestas llevó a Solchaga a aceptar la posibilidad de que se establecieran controles sobre las inversiones financieras y libertad para las inversiones directas, en la economía real, pero en los países emergentes. Que la armonía fiscal en la UE resulta muy difícil porque ningún gobierno ha querido renunciar a la recaudación de impuestos, expresión de la soberanía del Estado, aunque se cedió la emisión de moneda que también lo era. E incluso admitió que la UE no ha hecho nada contra los paraísos fiscales, aunque no aclaró por qué en la Unión Europea se introdujo la libertad de movimientos de capitales no sólo entre los socios sino fuera del ámbito de la Comunidad, que es lo que da vida la banca suiza y debilita a los Estados europeos.
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